Mes de Enero

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                                     SAN JOAQUÍN Y LA VIRGEN NIÑA  

DESCRIPCIÓN ICONOGRÁFICA

El lienzo representa a San Joaquín, el padre de la Virgen, en actitud de caminar, llevando de la mano a la Niña María. La escena es parte del evangelio apócrifo de Santiago, en el que se narra la historia de Ana y Joaquín, padres de la Virgen. Esta historia fue popularizada en la Edad Media por Santiago de la Vorágine, en su libro La Leyenda Dorada.

 Como se sabe, las genealogías de Jesús, que se incluyen en el Evangelio de San Mateo (Mt 1,1-17) y de San Lucas (Lc 3, 23-38) no dan noticia alguna de los nombres de los padres de María. Una antigua tradición, que arranca del siglo II, atribuye a los padres de María los nombres que se nos presentan en la celebración litúrgica, Joaquín y Ana.

En el lado derecho de la composición, la figura del anciano San Joaquín venerable, de rostro barbado y apreciable calvicie; de porte majestuoso; viste con manto encarnado anudado por delante sobre túnica, en su mano izquierda porta gorro propio de la época y en la diestra coge a la Virgen niña de la mano que parece señalar el camino a seguir por ambos; ésta, con cabellos recogidos en la espalda mira a su padre. Porta un ramillete de flores (azucena símbolo del amor puro y virginal, y el clavel rojo, de la Pasión de Cristo) y viste túnica con cíngulo a la cintura bajo manto azul. Va calzada con sandalias. Irrumpe la composición una escena de celaje en donde aparece una paloma rodeada de luz y de ángeles que simboliza el espíritu Santo; que derrama sus dones, visualizados como haces radiales de luz, sobre la pequeña para evidenciar que su concepción no es obra de Joaquín sino divina.

El pintor, cuya autoría es desconocida, debió basarse en el Libro del Apocalipsis. Un elemento inquietante de la pintura es la serpiente, cuya cabeza es aplastada por la Niña con su pie izquierdo. La serpiente encadenada al mundo representa el pecado; ella lo arrastra hasta que Cristo salvador, por mediación de la Virgen, aparece en él. Además se asocian a la Niña, una serie de símbolos bíblicos que evidencian su predestinación y su concepción desde el origen de los tiempos sin mácula alguna; es la mujer apocalíptica con el cerco de estrellas sobre su cabeza que aquí está representada como una inocente niña

El marco posee cornucopia y festones colgando por los laterales, presenta una ancha superficie con una cuajada decoración de distintos colores.

Se trata de una obra de esmerada y especial calidad y se puede datar entre el siglo XVII y siguiente.

La imagen de San Joaquín y  María Niña, refleja, también para un tiempo de desentendimiento e individualismo, la necesaria relación y comprensión entre las generaciones, nos invita a hacer revivir en gratitud la memoria de los antepasados evocando entre los cristianos la presencia de los abuelos y la responsabilidad ética de ofrecer la necesaria  atención integral a los ancianos.

 ¡Vemos aquí el valor precioso de la familia, como lugar privilegiado para transmitir la fe…! (Papa Francisco)

Texto: Ana María Fernández Rivero

Foto: Ricardo Falquina Sancho

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Mes de Enero

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CRISTO ENTREGA EL GLOBO TERRÁQUEO AL PADRE CELESTIAL

 DESCRIPCIÓN ICONOGRÁFICA

La obra que contemplamos nos muestra a Jesús, desnudo con paño de pureza, instrumentos de la Pasión, y al Padre celestial que recibe de las manos de Jesús el mundo redimido por los méritos de su sagrada Pasión. Jesús, el Hijo de Dios, hace posible que también nosotros seamos hijos de Dios, al haber asumido nuestra condición humana, y haberla redimido.

Este interesantísimo lienzo anónimo, del Siglo XIX, propiedad del Obispado (Seminario) de Ciudad Real en el que aparece Cristo que entrega el Globo Terráqueo al Padre Celestial, no es descriptivo sino conceptual: invita a la adoración del Señor Crucificado, fuente de una Sabiduría que triunfa sobre la del mundo.

En el plano superior derecho un rompimiento celestial del que surge entre nubes la figura de Dios flotando casi horizontal, que recibe el globo terráqueo de manos de Cristo. La esfera (encarna el «todo», la perfección, el infinito, lo que la une a Dios, que tampoco tiene principio ni fin). Cristo aparece como salvador del mundo (Salvator Mundi).

En primer plano, ocupando la mitad izquierda del lienzo Cristo, coronado de espinas, arrodillado sobre el travesaño vertical de una Cruz (casi de perfil), junta los brazos, flexionados por los codos, para elevar hacia el Padre la gran esfera azulada. Efectivamente, el que vendrá al final de los tiempos será el que fue crucificado ignominiosamente, recibiendo entonces el poder y el dominio sobre la entera Creación.

Los elementos que forman parte de la composición aparecen muy difuminados:

La cruz: En ella se unen el cielo y la tierra lo más íntimamente posible. Es el símbolo del intermediario, del mediador, de quien es por naturaleza integración permanente del universo y comunicación tierra-cielo.

La tablilla con el título título I.N.R.I. Iesus Nazarenus Rex Iuadeorum (Jesús el nazareno, rey de los judíos).

En la parte inferior del cuadro debajo del Madero vertical  la capa (roja) que ponen sobre sus espaldas en la pasión (Mt 27,28), que significa la vida que el Salvador lleva a los hombres con la efusión de su sangre.

El hisopo, la lanza del centurión Longino con la que infligió las cinco llagas al costado de Jesucristo.

En el suelo, a la derecha, están los instrumentos de la pasión: el flagelo y la columna de la flagelación (de la que pende una gran argolla negra, con una cuerda gruesa atada, los santos clavos (tres) y el martillo utilizados en la crucifixión, y una hermosa jarra sobre plato en plata, que podría hacer referencia a la que utilizó Pilatos para lavarse las manos. Del descendimiento se puede observar parte de una escalera utilizada para la descender el cuerpo de Jesús.  Este cuadro es copia de un original de Francisco Díaz Espinosa (S. XVII), titulado “La Oración del Huerto” ubicado en la sacristía de la Real Iglesia Parroquial de San Ginés de Madrid.

                                                                      San Pablo lo tenía claro: No hay más que un Dios y un mediador entre Dios y los hombres y ese es Jesucristo hombre, que se dio a sí mismo como rescate por todos“. (1. Tim. 2. 5-6)

 

Texto: Ana María Fernández Rivero; Historiadora del Arte.

Foto: Ricardo Falquina Sancho.

                                                                                   ***

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